20.4.08

155 - El desahucio

*
Me paré. Me quedé mirando. Mirando la casa. No me di cuenta y... estábamos los dos mirando su casa. Eran dos miradas distintas. Yo trataba de encontrar la fotografía escondida. La mía era una mirada ausente. La suya, intensa. Era la mirada de unos ojos de fuego.

En una esquina, una gata negra amamantaba a unos famélicos gatitos y tres gorriones buscaban unas migas entre los hierbajos.

Miraba. Él miraba lo que había sido su casa hasta anteayer. No habían pasado ni cuarenta y ocho horas. Más tarde habría de comentarme que hacía 44 horas que lo habían desalojado. Y allí estaba plantado, con todas sus pertenencias puestas. Ni una simple maleta donde guardar algún recuerdo. Bueno... sí. Lo que tenía al lado era una de esas maletas de la posguerra, cómo de lona con unas rayas rojas y cantoneras de lata pintada de un color marrón desgastadas por muchos viajes. Y sí, si tendría sus pertenencias. Pero pocas podrían ser. Seguro. Serían pocas.

Dos de los gatitos miraban con curiosidad a los gorriones. Coches veloces apenas se interponían entre nuestras miradas. Las miradas. La ausente y la de fuego. Y la mirada de la casa que miraba nuestras miradas. Todo eran miradas.

En el primero derecha vivía Asunción. No vive ya, murió de una neumonía el pasado invierno. Cuando Asu era joven, tenía su balcón lleno de geranios. Todos, todos, de color rojo. Bueno, no. No. Uno, y todos los años uno, era blanco. Le gustaba explicar que, para ella, representaba la juventud perdida, y con ella, la pureza. ¿Y el rojo, señora Asu?. No, el rojo es distinto. Es la pasión que todavía conservo, y quiero conservar. Es la sangre derramada, que he visto derramar de una forma estúpida cuando era joven. Es el fuego, que espero que me caliente en días venideros. Es el color de la esperanza...
No señora Asu, creo que usted se equivoca, el de la esperanza, es el verde.
No hijo, el de la esperanza en un mundo mejor, más solidario y justo. El color de la esperanza es el rojo.

En el primero izquierda... El primero izquierda estaba... estuvo habitado por Merche y su hijo. Habían llegado juntos hacía siete años.
Y el padre del niño, ¿dónde está?. Que no, que el niño no necesita padre, decía seria. Y debía ser así, dado qué, por criterio unánime de la vecindad, era un niño perfectamente educado. Se le veía sensible, delicado, fino. Pausado en el hablar, entonación correcta y voz baja. Parecía extranjero, decían en la vecindad. Claro, la vecindad tenía la vaga idea de que los niños extranjeros no eran tan chillones y faltones como los de estos lares.

¿Y ahora? ¿La gata? ¿Se había ido?. Lo gorriones continuaban allí. Y tres palomas. Una gaviota sobrevolaba amenazadoramente. Las palomas la miraban de reojo. La sabían enemiga.

Me parecía que hablaba sólo, o que tal vez me convertía en un interlocutor invisible. Seguía contando. Tenía los ojos húmedos, enrojecidos pero serenos, ahora, que se le estaba apagando el fuego. Tenía los ojos de la aceptación de una causa perdida, los ojos que sabían ver que nadie se molestaría por ellos, por unos viejos de nada.

Y en el Segundo Derecha estaba, sola, Pura la viuda. Viuda desde muy joven, viuda de un sargento del Ejército de Tierra. Contaba cómo en el 57, luchando contra los moros de Sidi Ifni, le reventó en las manos una de aquellas granadas atadas con alambres. Y contaba las historias de esa guerra. Decía ¿y vosotros que sabéis? Mi Lisardo me escribía unas cartas aterradoras. El sofocante calor del día, el helador frío de las noches, ¿qué sabéis del desierto? Decía. Ahora sólo veis postales, pero mi Lisardo tenía que andarlo con aquellas alpargatas. Era duro, me contaba, y eso no lo mitigaba nada, ni siquiera aquellos cartones de tabaco, cajetillas, o cigarros sueltos que les enviaban desde Canarias. ¡Ah! Y el coñac. La radio se pasaba todo el día pidiendo para nuestros soldados que estaban haciendo una guerra. Mierda de guerra, ¿y que hacía el generalísimo? Nada, no les daba ni armas ni nada. Y la radio poniendo discos dedicados. No les daba nada. Nada. Era increíble, no les daba nada. Pero no, los moros estaban allí, disfrazándose con pieles de corderos, los muy cabrones. ¿Y el Hospital Militar? Siempre llegaba alguien nuevo. ¡Que mierda sabéis vosotros!
Por favor, Doña Pura, no se nos enfade. Eso fue ya hace mucho tiempo.

Se sentó sobre el borde de la maleta, que se plegó ligera y silenciosamente. Debía estar casi vacía. ¿Qué llevaría dentro? ¿Cartas de su juventud? ¿Pequeños recuerdos de historia condensada? Sí, creo que... seguro, que llevaría toda su vida.

Pasó el autobús. El 5. Lleno de gente con casa.

Me miré. Miré hacia mi interior y vi mi casa. ¡Cuántas cosas inútiles! Y, entre ellas... ¿tendría suficientes cómo para llenar una pequeña maleta?. Me sentí desazonado.

Musitaba. Entrecortadamente decía algo. Algo del Segundo Izquierda. Ahora caí en la cuenta de que tenía una cabeza ordenada. Repasaba su casa, sistemáticamente.

Estaba doña Isabelita. Aquella agradable señora, rubia blanquecina, de ojos azules y mirada clara, la que tenía siete hijos, ahora seis de ellos colocados y casados. El cuarto le salió mal. Ella, de natural oronda, no parecía preocuparle nada. Sebastián subía hasta el último piso y, en el rellano, se liaba un poco de yerba. Era pacífico. Bajaba a casa, algo atontado, y no hacía nada. Sacaba los perros a pasear. ¿No lo he dicho? Sebastián era ese hijo no colocado, no casado, él que le salió mal. Eso era todo. Doña Isabelita era feliz. Su marido había ganado bastante dinero pero le quedaba lo justo. Casi nada. Lo había dilapidado, se contaba, en el juego y mujeres. Lo del juego era conocido, se sabía en dónde se lo jugaba. De las mujeres... nadie pudo probar nada. Pero la felicidad de Doña Isabelita consistía en que era Doña, una señora, querida por toda la pequeña comunidad. A ella acudían en busca de consejo. Criar a siete hijos, una era hija, le daba una autoridad moral indiscutible.

En el rellano, arriba, donde lo de Sebastián, había una buhardilla. Normalmente nadie la ocupaba pero, de vez en cuando, aparecía una pareja de jóvenes y pasaban unos meses. En los últimos tiempos estuvo vacía. No tenía cerradura y los vecinos subían a dejar cosas que les estorban en sus casas, que eran muy pequeñas. Y cuando llegaba la pareja de jóvenes, sin escándalo de ninguna clase, se vaciaba todo, se llevaba a la basura y nada había pasado. Sebastián controlaba parte de lo que sucedía. En esos momentos, no fumaba. Ejercía la autoridad sobre su territorio pese a que nunca había traspasado aquella puerta sin cerradura.

Está la gata de nuevo. Toma el sol. Los gatitos no se separan más de tres metros.

Le dije que si tenía casa nueva, o lugar a donde ir. Casi sin mirarme, me contestó que no me preocupara, que sus problemas se acabarían pronto. Viendo mi cara de sincera consternación, se apresuró a decirme de nuevo que no me preocupara, que no iba a hacer ninguna tontería. Y le creí.

Remigio, el zapatero, ocupó una esquinita del escaso portal. Allí estuvo hasta que los nuevos tiempos trajeron la tecnología. Él decía que la “tenica” nunca sería igual que su trabajo manual, esmerado y pulcro. Nunca pudo adaptarse a los artilugios mecánicos, solo leznas, cuerdas, pegamento y poco más era su industria. Nunca llegó a entender la razón de que los nuevos zapateros hiciesen llaves. No andaba nada bien de salud. Un día desapareció. Nadie supo lo qué había sucedido. Se especulaba con que una hija había venido para llevárselo a una residencia que las Hermanitas de la Caridad tenían en Palencia, en los alrededores, o por ahí.

Estaba intentando retener lo que me estaba contando cuando me dijo que perdonase, que tenía que marcharse, que había sido muy amable por haber estado charlando con él. Cogió la maleta, hizo una ligera inclinación de cabeza. Giró lentamente y, con paso cansado, se fue calle abajo.

Lamenté no haber hablado más tiempo con él. Quizás tuviera muchas cosas que contar. Dándole tiempo, me hubiera dado una visión completa de los tiempos que le había tocado vivir. ¿Qué sabía yo de esos tiempos? ¿Y mi maleta? ¿Tendría algo para guardar en ella?

Triste, pero al tiempo alegre, también me fui, sabiendo que el hombre de la maleta nunca haría una tontería. Seguro que tendría muchas razones para continuar viviendo.
Los gorriones se habían ido. Una gata, tres gatitos, algunas palomas, una gaviota... acompañaban a aquella casa. Pero no por mucho tiempo. En un lujoso despacho, del piso 13, unos hombres con maletines hablaban apresuradamente.


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texto: El deshaucio - OVNM - 080420
fotografía: @444-FB-071022-3066-El Desahucio
música: Dead Can Dance - Summoning of the muse


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31 comentarios:

Mandarina azul dijo...

De lo mejor que te he leído, Ñoco. Por no decir lo mejor. O, al menos, de lo que más me ha gustado.
Una historia tremenda en varios sentidos, que contiene a su vez otras historias también tremendas en varios sentidos.
Con el derribo de esa casa tú has levantado también una "casa" de historias.
Y ahora, dejas que cada lector, se adentre tras cada una de las puertas de las viviendas de esa casa, y se adentre también en la historia que cada una recoge.
No sé los demás, pero yo las voy a exprimir al máximo.
Frente a la casa, más historias. Las de las miradas, las de los animales, y... la de la maleta.
Y, por último, la historia del despacho...
Tremenda entrada, Ñoco. :)

¡Sosbe!

PIZARR dijo...

Pues si Ñoco, tras entrar y salir de cada una de esas casas y de esas vidas contadas, se queda una pensando en tantas cosas, en tantas casas y en tantas vidas, que da casi escalofríos.

Lo que más me ha llegado es lo de la maleta, cuantas veces pienso en eso cuando veo a quienes tienes que abandonar sus paises con tan solo una maleta... su vida entera en una maleta.

Ayer mismo lo pensé y lo hablé con una prima que abandonó Ucrania hace 5 años, con dos hijos, para seguir a sus padres. Su padre era mi tio, niño de la guerra. Tras 70 años fuera de su tierra regresó a España con una maleta. Y les preguntaba yo por eso precisamente... por la dureza de abandonar una vida en una maleta.

Que casualidad tu escrito...

Un beso Ñoco... cada día que pasa descubro más sobre lo afortunada que soy

Mityu dijo...

Sobrecogedora capacidad de delinear la vida de una casa deshauciada, revivirla en breves palabras meditativas, a su vez citadoras de más gente ausente, que se resuelven en un bucle retornando a los pensamientos del narrador, que todo lo cuenta, sin ser omnisciente.

Gracias por compartir.

Un beso

Cris dijo...

"Pasó el autobús. El 5. Lleno de gente con casa".

Preciosa frase Ñoco, todo el relato es una secuencia de vida ilustrada de manera magistral, de veras, un repaso por unas vidas, por sus circunstacias, la foto el detalle visual que estremece, la mirada que faltaba la de tus lectores como yo, me encantó!, saludos

circe dijo...

qué bonito....últimamente por aqui nos estamos acostumbrando a leer en el periódico de continuos derrumbes y....no nos damos cuentas de las historias que hay detrás de cada edificio....Yo, por si acaso sí que tengo pensado qué salvaría si tuviera que salvar algo ante una catástrofe...eso si me diers tiempo...claro está.....Muy bonito, en serio

Benjuí dijo...

A cierta edad, puedes prescindir de casi todo lo que has ido acumulando; lo duro es abandonar el lugar en donde has vivido, a los seres con los que has compartido tantas cosas, el entorno físico en el que te mueves con naturalidad...
Odio a los caseros, por cierto.

Belén dijo...

Dios Ñoco, que bonito!

La vida como pasa en esos enjambres, como una colmena de cela...

Dios, lo voy a volver a leer :)

Besicos

Ivana Carina dijo...

Hermosa historia, Sweetie....
xoxoxox♥♥

Tesa dijo...

Una historia muy bien estructurada, Ñoco. Los pequeños detalles que se van entretejiendo con los recuerdos del hombre, las miradas, las tres y la maleta…

La vida en una maleta, empezar de nuevo, dejar todo atrás, repasar los recuerdos para no perderlos, para echar raíces antes de partir. He pensado mucho en diferentes etapas de mi vida sobre eso, sobre la cantidad de cachivaches que acumulamos, sobre como sería partir ligera de equipaje…

Un buen relato, Ñoco.

Besos

©Claudia Isabel dijo...

Ñoco, que historia!
muy bien relatada, porque nos metés en la historia. Es increible la cantidad de historias que se entretejen en un edificio. Hermosa foto. Te felicito.
Un abrazo

Meiga en Alaska dijo...

Qué hermoso relato, Ñoco. Muy bueno.

Te mando un beso

RAMMSES dijo...

Un lujo, un lujo leerte Ñoco. Muy bien estructurado y contado. Intimo. Increíble el disparador de afectos, emociones y más desde la casa y más casas. Ellas viven y se nutren de la vida de quienes las habitan, vivo y muertos.
Volvemos con el color rojo, el color de la esperanza.
La maleta, esa que llevamos dentro todos y que nos acompaña en este viaje.
Piso 13, sí, el que dicta el destino, número mágico mas no fatídico.
La foto, la foto habla. Me mira y me habla, me susurra y un aire me invade...
Muy bien hecho Ñoco.
Abrazo.

carlota dijo...

No me extraña que Rammsés te llame el Mago. Con tu cámara, tu mirada ausente, e incluso con esa canción de DCD nos has traído la voz de esa casa. Esa casa que ha reproducido fielmente las vidas de cada uno de sus habitantes, vidas resumidas, pero vidas al fin y al cabo. Igual que lo que cabría en esa maleta. Porque al final nos llevamos lo esencial, eso es lo que nos llevamos, en una maleta, o dónde sea. La gaviota, las palomas, la gata negra y sus mininos, el autobús, la vieja maleta, el hombre de la mirada de fuego, los geranios (rojos esperanza menos uno blanco), los hombres del maletín, los jóvenes de la buhardilla... salpican el relato de forma aparentemente casual, haciendo que la casa junto a sus humanos habitantes parezca más cercana aún. A menudo me he preguntado qué dirían las casas en las que he vivido... Lo sabes, me encantó.

isabel dijo...

Wow, what an amazing and interesting post!
In this article youn are revealed as a great realistic writer, showing a sensible and accurate description of real world. It's a vivid and detailed portrait of these people living in a ruined building involving unwelcome as well as welcome experiences.
Your strengh lies in your portraiture of these neighbours' emotions and thoughts in a remarkable and astonishing way. You depict their life as it was really lived, distint from a fictional or idealized world.
And what can be said about your sensitivity? Just great, a super post.
Have I ever told you you are an excellent artist?
HHK

Romana Lopez dijo...

me recuerda a una casa en la que vivi yo de ciento y pico años.por las noches me daba miedo lebantarme porque me parecia que por alli andaban los fantasmas de los que vivieron antes.me gusto este cuento.tengo jeranios rojos y a ver si planto alguno blanco.abrazos

Alma Cándida dijo...

¿Conoces el poema de Pedro Lezcano, autor canario, "La Maleta"? En un pueblo del sureste grancanario tiene hasta una calle... Es todo un monumento, ese poema, de la literatura canaria llamada "social".

La foto me llega al alma. Te la copio.

(¿Por qué los peninsulares siempre asocian Canarias al tabaco...? No, no respondas...)

Sureña dijo...

No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita no? cuántas personas hoy en día se ven en esa misma situación mientras los cuadriculados de maletín en mano organizan la forma en la que van a administrar el dinero que ganen a su costa...

Genial Ñoco

Besicos

El futuro bloguero dijo...

Como en el 13 de la Rue del Percebe, cada habitante es una historia completa.

Bonita foto, por otra parte, pero que historia...

Un abrazo

Anónimo dijo...

copioypego en un word para consumo propio que es muylargopara leer en el curro sin dejar pistas. ¿es delito, vulnero tu propiedad intelectual?
y es que tengo mono de blogs!!! I miss youuuuu
esadelblog

irene dijo...

Al ver la foto, lo primero que he pensado ha sido, ¡qué pena!, esas casas antiguas tan deterioradas y tan abandonadas. Después, al ir leyendo, me he sentido aún más apenada, primero al ver cuántas historias tristes se pueden esconder tras esos muros, y después, por no haber pensado en primer lugar que eso podría ser, o haber sido, el hogar de personas que ahora, tal vez, estaban sin hogar.
De qué formas tan diferentes pueden verse las mismas cosas, nuestras miradas y la del pobre hombre de la maleta de lona con rayas rojas.
Un abrazo.

Frabisa dijo...

Tantas veces vemos sin apenas prestar atención, desahucios en la televisión. Vemos a los vecinos protestando, gritos desgarradores, se nos encoge un poco el alma pero cinco minutos después nos comentan el resultado del Madrid-Getafe y sabiamente lo damos al olvido.

Leer con atención tu historia me llenado de tristeza. Conocer esas personas, saber de su vida y preocupaciones les otorgó rostro y automáticamente me impliqué en su drama.

Me pregunto si algún día, dentro de muchos años, seremos nosotros acaso los protagonistas del derribo de nuestra propia casa. En el peor momento, cuando ya las fuerzas nos flaquean para buscar casa y acomodarnos a nuevos lugares.

Muy bien narrado, has conseguido transmitir, algo muy difícil en alguien que escribe.

Enhorabuena y un beso.

Isa

DeepRed dijo...

Muy Bueno. Comprimentos de Portugal, da bela vaca Mimosa. Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu.

3ster dijo...

Cuántas vidas, cuántas casas ausentes y llenas de soledades... A veces miro a la gente y me pregunto a cerca de sus vivencias...
Me gsuta leerte, estaré de vuelta pronto.

Besos

Aprendiza de risas dijo...

Sería maravilloso que pudiésemos guardar toda nuestra vida en una maleta; que supiésemos prescindir de todo y vivir con lo puesto; saber vivir sin apegos, sin pasados, ni sueños futuros...
Pero es tan difícil...

Besos,

Teresa dijo...

Qué historia preciosa y triste para esta mañana de domingo. Me ha toocado algo por dentro...

Kiri_dido dijo...

Precioso relato. Un pelín triste pero precioso.

w dijo...

Si tuviera una maleta como la de ese hombre me llevaría miradas ausentes hechas fotos y relatos como este.

Marina dijo...

“Pasó el autobús. El 5. Lleno de gente con casa”.
Las gentes llegan y se van, llegan y se van, continuamente. Las casas permanecen… pero, ¿qué sucede cuando son las casas las que se van? ¿Y sus historias, dónde se guardan?, quizá en el cajón rojo de la cómoda verde.

Un beso rojo y dos verdes (si el rojo es esperanza, los necesita menos)

Mariluz dijo...

Una casa que poco a poco se va vaciando de sus propias historias; propietarios que se llevan sus recuerdos en maletas más o menos llenas, dejando atrás unas paredes desnudas...Una historia conmovedora, preciosa, bien relatada, que me deja con ganas de saber qué fue de los protagonistas, a dónde fueron con sus maletas llenas de vivencias.
Maravillosa. Te felicito. Me ha merecido mucho la pena limpiarme las gafas y sentarme a leer. Un beso, Ñoco. Tal vez acabe volviéndome adicta a tus relatos.

Esmeralda dijo...

Impecable, una historia entrañable que no puede pasar desapercibida a nadie.
Describes situaciones y objetos de tal manera que te ves inmersa en los propios acontecimientos, quitando hojas a los geranios, preparando la maleta de esquinas metálicas... una delicia.
Una historia contenedora de historias.

Que grande y que pequeña puede ser una maleta!!!
Seguro que tu llenarías, no una, varias maletas de buenos sentimientos, de emociones, de recuerdos...

Ps i As

Nélida G.A. dijo...

Una foto preciosa y una bonita historia que nos narras.
Me gustó mucho.
Cuando veo un edificio antiguo siempre imagino quiénes habitaron esas casas, cómo eran, qué pensaban, qué sentía, cómo vivían en problemas y alegrías. Qué momentos compartían los vecinos, qué situaciones acontecieron, en fin......mi imaginación se pone en modo activo.
Así que imaginarás lo mucho que he disfrutado esta entrada. Incluso pude "ubicar" algunos sucesos y personajes. Gracias por la deferencia.
Un beso grande.