1.10.07

Estaba allí

Estaba allí, mirando al frente. Me refiero a mí. A mí mismo. La verdad es que siempre miro al frente, aunque tenga el cuello retorcido mirando aparentemente hacia atrás. Y la ví. A mi derecha. Moviéndose pausadamente.

Al norte tenía tres uniformadas muchachas, de blanco impoluto pese a sus menesteres, Las dos laterales con una sonrisa de oreja a oreja mientras que la del centro estaba absorta en su trabajo con el ceño fruncido, sin que translucieran, para nada, sus pensamientos.

Lo primero que me llamó la atención fue su indumentaria.

Al sur tenía unos cuantos varones de mediana edad, haciendo guardia distraída sobre su cesta roja (dos de ellos) y el resto, sobre sus carritos de la compra.

¿Había dicho que estaba en un gran centro comercial? De hecho, viéndolos me veía reflejado en el espejo de otras ocasiones, cuando adoptaba esa misma actitud.

Un montón de pares de ojos de distintos peces, que en esos momentos ya eran pescados, me observaban con atención. Diría que algunos trataban de incitarme a que entablara conversación con ellos pero no podía, ahora el objeto de atención era ella, alta para su edad, vamos, le calculaba unos 68 o más. Alta para mí serían los 1,68. Desde luego, más baja que yo, que es uno de los indicadores que empleo para averiguar alturas (de personas).

Los varones de guardia, sus respectivas estaban a lo que yo, a intentar entablar alguna relación con los pares de ojos que nos miraban, seguían ahí, de pie, oteando, y esperando el relevo, que paulatinamente les iba llegando, cuando su compañera, esposa, amante o lo que fuese tomaba las riendas y ordenaba la puesta en marcha del carrito. Todo era cuestión de una delicada mirada, o áspera según casos, que significaba el momento concreto y la dirección adecuada.

Desapareció ella en un momento para aparecer algo mas tarde a mi izquierda. No sé el tiempo que transcurrió. Estaba abstraído mirando al sur, donde un cartel me informaba que las naranjas estaban a 2 euros la bolsa de tres kilos y de que el kilo me saldría (se supone que en el caso de que me decidiera a llevarme una bolsa), a la cantidad de no me acuerdo, y podría hacer una regla de tres pero ya no vale la pena.

Vestía con una camiseta de manga larga, algo deslavada, que dejaba transparentar un sujetador de color negro. Los senos, los dos, algo caídos, por otra parte algo natural y consecuente con la edad que le calculaba.

Las tres muchachas del mostrador del pescado, se supone que a estas alturas todo el mundo ya se habrá percatado de mi exacta ubicación, estaban muy atareadas. Todo era eficacia. Una cuarta muchacha me indicó que si prefería el pescado ya preparado me atendería en el acto, sin esperar a mi turno (el del número verde, azul o rosa según el momento del día). Por no desairarla, uno es débil, le pedí amablemente que me pusiera dos rodajas gruesas de salmón, pero no me moví, continué en mi puesto, duramente conseguido a base de pasar números en un ordinario indicador led de puntos rojos.

Mientras; la miraba. Acompañaba su camiseta con un pantalón de tela ligera, de color blanco y negro con dibujos geométricos algo atigrados.

Lo hizo, la muchacha del salmón. Me las sirvió perfectamente envasadas y selladas para que no fueran dejando un rastro del mar noruego por mi futuro trayecto. Le di muy amablemente las gracias. Me gusta dar las gracias, quizá porque a mí me las vienen robando desde hace unos años, vamos, casi todos, en cosas menos, más o igual de importantes que el asunto del salmón.

Al lado del letrero de las naranjas había otros, pero no recuerdo, a mi sur, como he dicho antes. Había también algunos expositores de productos varios, pero tampoco me acuerdo, estaba atareado mirando al este. Ella continuaba allí. Destacaba entre el gentío. Una gorra negra, un poco al estilo del Che, cubría un fino cabello rubio rubio, de color claro, rubio claro. El marco que suponía esa gorra, o gorro, realzaba más ese rubio.

Cantaron el número 58. Pronto me tocaría. Las tres muchachas seguían en sus papeles. Dos resplandecientes de felicidad y la otra taciturna. Por un momento caí en la tentación de intentar introducirme en sus pensamientos. Lo dejé. Las combinaciones posibles eran infinitas. Miento, lo hice, pero las revelaciones carecen de interés ahora.

A mi espalda, el sur, se renovaban las cestas rojas o los carritos llenos hasta arriba de mercancías, como si esperasen el FindelMundo. Cestas y carritos, carritos y cestas, con sus respectivos y solitarios guardianes masculinos. En realidad, uno de ellos no era guardia solitario. Tenía niño dentro del carrito. Era consciente de que yo era uno de ellos, pero hoy debía desarrollar un rol diferente.

Su tez era clara clara, a juego con el rubio rubio claro. Se le descolgaba la historia de su vida en su faz. Debió ser muy guapa, y todavía lo era. Y muy feliz, pues así me lo parecía ahora. Sus arrugas no escondían amargura alguna. Estaban ahí y eran la historia de su vida, que parecía mostrar orgullosa.

El 60. Y cuando una de las tres muchachas (no quiero llamarles pescaderas o pescateras, es un horror de palabra) inició la atención a la afortunada propietaria del número, ella dio unos saltitos disculpándose. Ay!, estaba distraída mirando la lista.

Y estaba distraída mirando la lista de la compra. Lo certifico, no mentía. En la mano izquierda tenía un par de gafas degradadas, del gris oscuro a un gris blanquecino. Gafas con vida propia, que subían y bajaban en rápidos movimientos. O que ordenaban a la mano un rápido movimiento para colocarse en una delgada y bien formada nariz. Esa mano tenía bastante trabajo ya que también sostenía un bolígrafo normal y corriente, nada de lo que podríamos esperar de esta señora tan especial a mi vista.

La chica de las rodajas de salmón se movía apresuradamente haciendo nada. Tenía poco éxito y por tanto poco que hacer. Todo el mundo, incluido yo, preferíamos que nos preparasen el pescado. Sin ir más lejos, yo le diría a la muchacha que me atendiese: A mí, esa lubina, por favor. No, esa no, la más grande, y por favor, preparada para ponerla a la espalda, ¿puede ser no?. Gracias.

En la otra mano tenía un papel muy arrugado, escrito a lápiz con letra muy pequeña. Está muy claro que ya lo traía preparado desde casa.

La sincronización era perfecta en una dama de esa categoría (cada vez crecía más mi admiración por ella). La mano del bolígrafo retiraba de sus ojos (después hablaré de ellos), las gafas de sol degradadas del gris al blanco. La mano del papel arrugado subía, con el papel arrugado bien asido, a colocar las gafas de cerca que le colgaban de un cordón negro que destacaba sobre sus flácidos senos, revelados por un negro sujetador bajo una blanca camiseta de manga larga.

Mientras estaba siendo atendida, otra muchacha llamó al 60, esta vez, de verdad. Ya iba a ser mi vez. ¿Me daría tiempo?

Sus ojos eran verde azulados. Pese a los dos pares de gafas, no aparecían gastados por la vida. Eran vivaces. Viajaban a lo largo del mostrador preguntando continuamente, algunas veces acompañados por la palabra. Pero no consigo recordar su voz. Probablemente, fuese tan delicada que solamente fuese oída por los peces o pescados de la primera línea.

Sobre el carrito una chaqueta de burda lana rojiza, o así, con un toque jipi de verdad, y un bolso bandolera que me hubiese gustado para mi. En realidad, para mi me hubiese gustado todo si…

El 62. Yo. Y lo dije tan como lo había ensayado a lo largo de toda la espera: A mí, esa lubina, por favor: No, esa no, la más grande, y por favor, preparada para ponerla a la espalda. ¿Puede ser no?. Gracias.

Al este, a mi derecha, se había colado un hombre, con un carrito. Me alegro. No me sentía tan solo, pero enseguida me olvidé de él.

No se si podría ser mi madre. Ya dije algo acerca de su edad aparente. Por otra parte, tampoco sé muy bien mi edad. Tenía un trasero alto y plano, nada atractivo. Y la camiseta no le quedaba muy bien por la espalda. Mi admiración era profunda. ¿Sería yo capaz de ir así? ¿Quién me lo podría impedir?

Estaba colocando las cosas en su carrito. Había comprado muchas cosas. Algo de trabajo le iba costando teniendo en cuenta que no había soltado, durante esa manipulación, ni las gafas degradadas, ni el bolígrafo, ni el papel escrito a lápiz y cada vez más arrugado.

La muchacha del pescado alargaba su brazo derecho, movimiento acompañado con un delicado movimiento de seno del mismo lado, hasta un punto de difícil equilibrio, a fin de facilitarle la recogida de sus compras.
Mi muchacha, la que tan amablemente me estaba atendiendo, después de acabar con la lubina, esa no, la más grande, y sellarla para evitar un rastro a mar cantábrico, un decir, en mi más próximo futuro trayecto, hacía otro tanto que yo agradecía con una sonrisa.

Sin darnos cuenta, sobre todo ella de mi presencia, nos fuimos alejando poco a poco. Yo absorto, ella no sé, ya no atendía. Yo con la imagen de la serenidad personificada. Ella, ignorando que por un momento, fue la persona más importante de mi vida. Yo recordándola ahora. Ella, sin saber que sería la protagonista de esta historia.



:::Post 030 OVNM 013 - 071001 – Estaba allí
:::música: Erik Satie - Gnossienne
:::enlace:
Cristal Rasgado - Estaba allí


3 comentarios:

Luigi dijo...

Bonito relato, tiene usted una gracia especial que engancha.

Lástima que le empaquetaran tan bien el salmón, si no seguiría el rastro hasta las señoritas de blanco.

Madame Vaudeville dijo...

Me ha encantado, la verdad. Con qué sencillez relata una historia tan simple y cotidiana. Y engancha, como dice mi querido luigi. ¡Y encima con Satie de banda sonora, que ya ve que me apasiona!
Besos y encantada de conocerle.
Volveré por su hogar y le reservaré una cálida butaquita en mi cabaret.

carlota dijo...

Me ha gustado mucho este texto, porque es verdad...cuántas personas pasan por nuestra vida, personas que ni siquiera saben que estamos ahí, y que por la razón que sea, se han hecho importantes a nuestros ojos. A veces unos segundos pueden convertirse en una eternidad...Seguramente esa señora sigue ignorante que gracias a tu hábil pluma se ha convertido en historia, y en alguien que nunca olvidarás. Estupendo...un abrazo.